Por: José Luis María D.
Saludos mis hermanos, Dios les bendiga en abundancia.
Por aquí de nuevo para junto a ustedes compartir una nueva entrega de
¨Acompáñame un Café¨. Ya extrañaba este momento de conexión con ustedes y
nuestro creador.
Como les comentaba en la entrega anterior, mi comunidad
celebraba sus fiestas patronales y tuve el honor junto a mi familia, de ser
invitados a compartir unas palabras de aliento a los asistentes basados en el
tópico ¨La Familia como escuela de diálogo¨.
En nuestra intervención, enfocábamos dicho tema en torno a
la participación de todos los miembros de la familia en las decisiones de la
misma. Nosotros como padres, somos los primeros que evitamos ese diálogo
o falta de comunicación con nuestros hijos ya que no les damos cabida en las
decisiones familiares, ya sea porque los consideramos inexpertos o a lo mejor
¨inmaduros¨. Con esto, les quitamos la poca motivación que puedan tener
para sentirse importantes y confiados dentro del seno familiar.
Nos encargamos de callar la valiosa opinión de nuestros
hijos. Recordemos que familia está compuesta por: papá, mamá e
hijos. La familia sin hijos no pasa de ser más que una simple pareja
(nunca familia). Si ellos son parte del núcleo familiar, también deben
formar parte de las decisiones y proyectos de la misma.
A nuestros hijos, les aconsejamos a reclamar ese derecho que
les concierne como miembros de una familia, pero debe solicitarse con altura y
con el ejemplo. Este ejemplo debe estar basado en la disciplina, el
discernimiento, la prudencia, el respeto y sobre todo el amor. Gánense el
derecho de formar parte de las decisiones de sus familias. Si ambos (padres e
hijos), son capaces de consensuar y planificar el rumbo de sus familias, sin
lugar a dudas que estaríamos ante una nueva sociedad en donde los valores, los
verdaderos valores familiares serán el norte a seguir.
Con Jesús como capitán de ese barco, les aseguro, no habrá
tormenta alguna que pueda hundir nuestras familias. Entreguemos cada
paso, cada proyecto de nuestro más preciado tesoro, al que todo lo puede y
llegaremos seguros y unidos al puerto de la vida eterna.
Dichosos todos los que temen al Señor, los que van por
sus caminos. Lo que ganes con tus manos, eso comerás; gozarás de dicha y
prosperidad. En el seno de tu hogar, tu esposa será como vid llena de uvas;
alrededor de tu mesa, tus hijos serán como vástagos de olivo. Tales son las
bendiciones de los que temen al Señor.
(Salmo 128:1-4)

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