Por: José Luis María
Díaz
Muy buenos días en Cristo que nos conforta. Acompáñame un Café, se siente privilegiado de
compartir nuestra cuarta entrega con ustedes, esperando la disfruten y les
conforte.
Después de un ajetreado fin de semana, debido a las fiestas
patronales de mi comunidad con todas sus actividades, fui invitado a participar
de una reunión muy especial, en la cual, desconocía los invitados a esta, lo
cual me llenó de emoción e intriga.
Puntual en el lugar de la cita, iba viendo las personas que
llegaban y cada vez que veía un rostro conocido, mi alegría de estar en aquel
apartado lugar iba aumentando, hasta que se completó el grupo invitado.
Las anécdotas, los chistes, las confesiones e intimidades
expuestas, me hicieron sentir más que afortunado y agradecido de vivir aquello
y aún más por las cosas que se concebirán a partir de ese compartir.
La amistad mis hermanos, más cuando nace en Cristo, es un
regalo poco comparado, existen pocas satisfacciones en la vida que se puedan
igualar, es un don ya poco cultivado, se puede decir, es algo endémico y poco
apreciado.
Cuando esta se cimienta en el amor fraterno, en la confianza
mutua, en el bienestar del prójimo, Dios obra de formas inimaginables y hasta
increíbles. La biblia dice: el amor más grande que uno puede tener es dar
su vida por sus amigos (Juan 15:13). El dar
la vida en este caso, no es morir a causa de tus amigos, más bien es vivir para
servir a tus amigos.
Cultivemos pues la verdadera amistad, la que sirve, la que
se da, la que siempre está aun cuando no nos necesiten, la que comprende, la
que acompaña, la que pelea las guerras ajenas (que por el mismo amor dejan de
ser ajenas), la que pregunta ¿a quién hay que matar?, la que, aunque falle no
abandona. Vivamos la amistad tan fuerte,
que cuando nos toque partir de este mundo, solo haga falta tu cuerpo físico,
porque tu alma siempre permanecerá con el amigo.
Que Dios les bendiga en abundancia, mis muy entrañables
amigos.
(Dedicado al grupo de los 15).

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